Me encantaba
estar ahí, el espacio era grande o quizás yo era muy chica, no sé bien, pero me
acuerdo que me divertía mucho. Había muchos cuartos. Estaba la sala que se
dividía en una especie de living amplio con muchos sillones; sillones que eran
fríos, oscuros y pesados; en un cuarto mas chiquito con un solo sillón; negro,
de cuero, antiguo y duro, incomodo. Por último estaba el cuartito en donde
estaba el cuerpo sin vida, la materia muerta, ese cuarto tenia unos pedestales
de bronce con dibujos cristianos y en la pared una cruz, ese cuarto no me gustaba. También esa sala tenia un baño y una cocinita, la cocina si me gustaba, tal vez
porque era chiquita y yo sentía que estaba hecha a mi medida.
Estaba la oficina. El patio, en donde a veces mi papá hacia asado. El cuarto de exposición de cajones, el cual me producía fascinación y terror al mismo tiempo, y el cuartito en donde estábamos nosotros, que era desordenado y desprolijo.
Estaba la oficina. El patio, en donde a veces mi papá hacia asado. El cuarto de exposición de cajones, el cual me producía fascinación y terror al mismo tiempo, y el cuartito en donde estábamos nosotros, que era desordenado y desprolijo.
Él me llevaba
los días que no tenía clases, algún feriado o algún sábado, yo iba al colegio a
la tarde así que los días que iba con él era toda una aventura para mi porque
me levantaba temprano, en invierno él me envolvía en su campera para que no
tenga frío y yo sentía que conocía uno de los misterios del mundo porque estaba
en la calle cuando todavía el sol no había derretido la escarcha de las
veredas.
Llegábamos y
encontrábamos a mi abuelo, que trabajaba como sereno, esperándonos para irse a
casa, ya casi en la vereda y con la bicicleta lista para emprender el viaje de
vuelta.
Lo primero que
mi papá hacia era poner la pava para tomar unos mates, si el día estaba lindo
los tomábamos afuera, en la vereda, al sol. Yo me estaba iniciando como
cebadora oficial de mate, los primeros eran fuertes y muy amargos o muy dulces,
los que seguían eran tibios, lavados, completamente asquerosos, pero igual los
tomábamos, pero igual él me decía que eran ricos. Después jugaba a mi juego
favorito del lugar, me sentaba en el escritorio y tocaba todo, abría los
cajones y los revolvía hasta el fondo, y hasta a veces era yo la encontraba
cosas que mi papá ni sabia que tenia o que creía que había perdido, y estaban
escondidas en el fondo de algún cajón. Sobre el escritorio se posaba mi obra
artística, una botella de vidrio con tiza molida de colores adentro, que había
hecho yo y que le ponía color a ese lugar tan sobrio, también colgaba en alguna
de las puertas un angelito de tela que había hecho yo en la casa de mi abuela.
A veces me iba con la vecina, o a veces jugaba con chicos de la cuadra.
Almorzábamos algo rico, mirábamos Bonanza, y así se me pasaba el día, hasta que
llegaba Cesar o Lucho y nos volvíamos a casa, son días que nunca me voy a
olvidar, son olores que me quedaron para siempre grabados en el olfato, que
lindos eran los días con mi papá!

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